La última milla —el tramo final del proceso logístico que lleva el producto desde el centro de distribución hasta el consumidor— se ha convertido en uno de los elementos más determinantes de la cadena de suministro. Es, al mismo tiempo, el punto donde el cliente percibe la calidad del servicio y donde se concentra el mayor porcentaje de coste operativo. En algunos sectores, la última milla puede llegar a representar hasta el 50% del coste total logístico, especialmente cuando la dispersión de destinos y la falta de consolidación elevan los tiempos y recursos necesarios para la entrega.
En los últimos años, la irrupción del comercio electrónico, el crecimiento de las suscripciones y el aumento de envíos de bajo volumen han acelerado la necesidad de diseñar redes logísticas más flexibles, más cercanas al cliente y más eficientes. A ello se suma una demanda social cada vez más centrada en la rapidez, la transparencia y la sostenibilidad. El cliente quiere saber dónde está su pedido en cada momento, recibirlo cuando mejor le convenga y que la entrega tenga el menor impacto posible sobre el entorno.
El auge del comercio electrónico ha modificado los patrones de compra y ha elevado las expectativas de servicio. Donde antes se aceptaban plazos de entrega de varios días, ahora las entregas en el mismo día o incluso en pocas horas son un diferencial competitivo. Esto obliga a disponer de inventario más cercano al consumidor final, y a diseñar modelos logísticos capaces de absorber picos de demanda —como los provocados por campañas como Black Friday o periodos estacionales— sin comprometer la calidad ni elevar excesivamente los costes.
Este contexto ha impulsado la descentralización: grandes centros logísticos regionales se complementan ahora con microhubs urbanos estratégicamente ubicados en áreas metropolitanas. Estos pequeños nodos sirven como puntos de redistribución rápida, apoyados en sistemas de clasificación compactos y procesos de preparación de pedidos altamente optimizados.
La evolución de la última milla no solo afecta a la infraestructura, sino también al modo en que se realiza la entrega. Entre los modelos que están ganando protagonismo destacan:
– Lockers inteligentes y puntos de recogida: reducen intentos fallidos y consolidan entregas.
– Entregas flexibles y concertadas: el cliente selecciona la franja horaria óptima.
– Reparto con bicicletas y triciclos de carga en zonas densas, donde los vehículos convencionales encuentran restricciones.
– Vehículos eléctricos en flotas urbanas, alineándose con zonas de bajas emisiones.
Este cambio no solo responde a tendencias de consumo, sino también a restricciones normativas: cada vez más ciudades limitan el acceso a vehículos contaminantes, lo cual está acelerando la electrificación y diversificación de flotas.
La automatización ya no es exclusiva de grandes centros de distribución. Su integración en microhubs urbanos y estaciones de preparación permite escalar operaciones sin necesidad de aumentar plantilla o superficie. Entre las soluciones más relevantes destacan:
– Sistemas Goods-to-Person (G2P): reducen desplazamientos, aumentan productividad y minimizan errores.
– Robots móviles autónomos (AMR): trasladan contenedores y pedidos entre zonas sin necesidad de infraestructura fija compleja.
– Sistemas de visión y trazabilidad IoT: ofrecen visibilidad en tiempo real y mejoran la gestión de incidencias.
– Optimización algorítmica de rutas: reduce kilómetros recorridos, tiempos de entrega y consumo energético.
El beneficio estratégico es claro: más entregas, más rápido, con menos recursos y menor impacto ambiental.
La sostenibilidad ya no es un añadido: se ha convertido en un criterio de decisión para empresas, administraciones y consumidores. La última milla del futuro será evaluada no solo por su rapidez, sino por su huella ambiental.
Algunas líneas de evolución que marcarán los próximos años son:
– Integración de energías renovables en microhubs.
– Priorización del reparto nocturno silencioso con flotas eléctricas.
– Estrategias de consolidación colaborativa entre operadores para evitar duplicidades.
Este enfoque no solo mejora la percepción de marca, sino que reduce costes y asegura la viabilidad en ciudades con regulaciones estrictas.
La tendencia es clara: la última milla está dejando de ser una fase aislada para convertirse en parte central del diseño estratégico de la cadena logística. El éxito dependerá de:
– Conectar datos de almacén, transporte y cliente en una única plataforma.
– Diseñar redes híbridas, combinando automatización, proximidad y flexibilidad.
– Ejecutar decisiones predictivas basadas en análisis continuo.
En definitiva, la evolución de la última milla no es solo un cambio operativo; es una transformación cultural y tecnológica que redefine cómo entendemos el servicio al cliente.



